Llega en este hermoso tiempo de otoño en que las hojas de los árboles, al escuchar la música del viento, inician la danza del desprendimiento, con un impulso transido de generosidad.
De esta manera nos recuerdan al ser humano que es preciso que las cosas vengan y se vayan para que la vida no se detenga.
Las hojas no caen, se desprenden, se desarraigan invitándonos con su gesto a no aferrarnos y lanzarnos al vacío en actitud de renovación.
Miremos bien y percatémonos, cómo la danza de las hojas, soltándose y abandonándose a la sinfonía del viento, trazan un indecible canto de libertad y suponen una interpelación constante y contundente para todos y cada uno de los árboles humanos que somos nosotros.
Cada hoja al aire nos está susurrando al oído del alma: ¡suéltate!, ¡entrégate!, ¡abandónate! ¡confía! ¡Qué difícil se nos hace soltar muchas de nuestras hojas!
Nos parapetamos tras el miedo y la inseguridad, dejándonos poblar por la tensión y el desasosiego, y pretendemos seguir cómodos y seguros dentro de estas caducas hojas, con los perennes hábitos de las conductas fijadas, de los pensamientos arraigados, de este viejo entorno ya conocido..










